
Toisán
Fanzine / 24 páginas / Tiraje 60 piezas / Portada e interiores en risografía / 19 x 13 cm / Impreso en papel bond 120 gr.
El fanzine “Toi San” tiene como objetivo abordar desde el dibujo la investigación y el archivo familiar que me permite reconstruir la historia de migración de mi familia materna desde Toi San, China hasta el territorio mexicano. El eje de la historia es el vínculo de la comida como producto de la migración y la combinación de culturas. Es una narrativa de 3 capítulos que empieza en Toi San y termina en Oaxaca.
El proyecto se encamina a poner el cuerpo desde el cual experimentamos la vida para ahondar en el cotidiano, a través de dibujos que giran en torno a lo que da cuerpo: el alimento.
El fanzine se acompaña con una acción, un momento de cocina presente en el espacio. En el que se va a preparar arroz frito. Estar en el centro de la ciudad de México cocinando comida china cantonesa mexicanizada tiene un peso, siendo quien soy, con antepasadxs mexicanxs y chinxs.

El evento
Jornada de impresión en vivo y presentación del fanzine serán en Atea, el día sábado 4 de febrero del 2023 a las 12pm. Se propone esa fecha porque se empalma con los últimos días de celebración del año nuevo chino del conejo.
El evento de cocina presente, jornada de impresión en vivo y presentación del fanzine serán en Atea, el día sábado 4 de febrero del 2023 a las 12pm. Se propone esa fecha porque se empalma con los últimos días de celebración del año nuevo chino del conejo.
Se propone una serie de acciones y elementos que acompañan la comida, las cuales son:
- Venta de galletas de la suerte con mensajes en chino y español, con frases que decía mi abuelo en relación a la comida.
- Venta de arroz frito que se servirá en cajas de comida china rápida con sticker.
- Dibujo para jornadas de impresión en colaboración EDDI-Paloma, a 4 tintas (rojo, azul, amarillo, negro).
- La decoración de ATEA en forma de restaurante chino.
- 3 cuadros enmarcados y colgados de dibujos de agua, 1 restaurante y sembradíos de arroz.
- La cocina en donde se realizará la acción. Para esta necesitamos: 1 parrilla eléctrica o alguna estufa, 1 wok, 1 mesa para los ingredientes, 1 tabla para cortar, 1 cuchillo, soya, aceite, sal, arroz (previamente cocido), cebollín, calabaza, zanahoria, apio y huevo.

Camisa de Antonio Lee Lau
El proyecto “Antonio Lee Lau” abarca diferentes técnicas con el tema de la comida como centro, y sus nexos con la memoria y la identidad, en esta pieza particular es el bordado sobre una camisa de mi abuelo, en donde trabajo un mapa de migración, letras chinas, dibujo y recetas, retomadas a partir de chismes con la familia y el archivo de mi tio-abuelo. La importancia de incluir lenguaje es para hacer tangibles las relaciones migratorias que quedan cristalizadas en un platillo o en un ritual de comida, en específico.
La acción de bordarme conecta con mis antepasadas bordadoras, y rebeldes como mi bisabuela que aprendió a leer y escribir por su cuenta, y de esa manera el escribir en chino mandarín y chino cantonés se ha vuelto parte de reconstruir lo que se olvidó, lo que nadie apuntó. Llevo tiempo trabajando con el tema de migración, de lo chino, y de mi relación con mi abuelo, así como del lenguaje. Reconstruir la memoria a partir del gusto, y de las relaciones que se generan a partir de acontecimientos cotidianos y simples como sentarse a comer juntos y juntas. Estas memorias son las que pasan desapercibidas, pero quedan grabadas en la lengua por años, y configuran quiénes somos, nos abrazan y forman, como la camisa de mi abuelo.


CÓMIC LA SOPA
PIMERO APRENDE A PICAR AJO

Es una pieza hecha a partir de bordado que articula la relación del bordado y la escritura desde el género y la práctica femenina, tal como se presenta en la escritura nu shu, en China. La frase, primero aprende a picar ajo, fue lo primero que me dijo mi abuelo cuando me interesó aprender a cocinar, los dibujos son momentos distintos de él cocinando.
RECETAS

Nariz
Para mí
13/JUNIO/2022
Cuando nací mi abuelo dijo, mi nieta heredó mi nariz, yo pago la rinoplastia. Mi mejor amiga dijo que es una gran oración para iniciar un texto. Yo nunca había contemplado lo mucho que esa frase desgarra, y lo mucho que me ha atravesado. Mi mamá, mi hermana y yo ahora parece que tenemos cierta herencia genética rinoplastia, un gen que respinga las narices, y las hace delgadas e iguales, en la medida de lo posible. Mi mamá fue operada a los 15 años, yo igual, y años después mi hermana también. Me pregunto si tiene que ver con una cuestión de borramiento de historia, de rasgo chino que traíamos en la cara y que necesitaba ser borrado para empezar una nueva vida.
Esperé 15 años para verme como se suponía que sería el resto de la vida. Antes de los 15 sabía que mi nariz cambiaría, que la operación era una realidad, y que mi cara cambiaría. Entonces se sentía como un rostro en proceso, inacabado. Mi rostro era un proceso, algo sin terminar. “Te vas a ver preciosa con tu nariz chiquita”, me decían a forma de cumplido. Y yo pensaba, si, al fin seré atractiva y bonita, segura de mi rostro, de mi cuerpo. Viviría entonces una vida de persona guapa, porque las guapas viven vidas diferentes de las feas, viven vidas bonitas con sus rostros bonitos. Me imaginaba levantándome y mirándome al espejo sin saber que nada había que ocultar o resaltar, ya sería perfecta.
Cuando me hicieron la consulta para la rinoplastia me tomaron fotos y remodelaron mi cara en la computadora, era 2009. “Así te vas a ver”, “mira que hermosa”, “guau que guapa mi sobrina”. Tenía 16 años, o 15 no recuerdo. Varias veces desistí, no estaba segura. Pensé, no es importante, mejor me quedo así. En esos años yo jugaba basquetbol y fútbol y después de varios años de práctica al fin empezaban a considerarme “buena”. Mi papá me llevaba comida china en envases de litro antes de entrenar todos los días después de clases. Entrenaba 4 días a la semana, pero no me alcanzaba, en los recreos yo quería entrenar, jugábamos partidos de niñas contra niños, apostamos bolis, y en las tardes al llegar a mi casa entrenaba con mi primo Daniel. Quería ser de la WNBA, aunque no entendía bien cómo iba a hacerle. En el patio de la casa mi papá me había puesto una canasta y me había comprado un balón para que entrenara por mi cuenta. Pinte 2 caricaturas al lado de la canasta en la que éramos una amiga y yo jugando basquetbol. Me apasionaba tanto que me tiraba al suelo por el balón, jugaba con o sin tenis, quería ser más precisa, más rápida, mejor. Veía las jugadas en los partidos, practicaba las coladas, los saltos, los tiros libres. Cuando veía a mis primos, jugábamos. Siempre quería jugar, no me cansaba.
Cuando te operemos ya no vas a poder jugar basquetbol por unos años, dijo el doctor. Mi mama se puso un poco feliz, supongo, porque al fin dejaría de traer las rodillas y los codos llenos de costras que me encantaba arrancar y dejar sangrando. Así, se terminó el baloncesto y el fútbol y todos los deportes que se me ocurrían. Entre a la preparatoria hinchada y sin poder jugar ningún deporte que me gustara, intenté tenis pero lo odié.
El día de la operación estaba nerviosisima. No te preocupes, me dijeron todos, a tu prima Claudia la operó el doctor Dibildox, la nariz y el mentón, y mira qué guapa quedo. Así quedarás, guapísima. Con esa barba partida y esos ojos, vas a ver.
Me dieron 1 pastilla para dormir, pero no funcionó, estaba demasiado nerviosa. Entonces me dieron otra. Cuando estuve acostada en la camilla me arrepentí, pero no podía huir, ya no. afuera me esperaba mi mama, mi hermana, mis primos, mis abuelos. Me esperaba mi nueva vida.
Pero no podía dormirme, no me dejaba la ansiedad. Controla el ritmo cardiaco, pensaba. Te voy a inyectar en la nariz la anestesia local, es un poco incómodo, pero no te duermes y ya tengo que empezar. Tenía una sábana azul en la cabeza, con un agujero en mi rostro. El doctor puso música. Yo pensé en la clandestinidad del consultorio, en la anestesia, en la sangre, en los cuchillos y agujas y pensé, hasta aquí llegué, ya me voy a morir, mejor me hubiera quedado fea, pero viva.
La inyección se sintió horrible, como una comezón entre la piel y el hueso que no podía rascar. Inyectó en varias direcciones, sentía pasar el líquido y me daban ganas de gritar, de estornudar. El doctor se levantó y se agacho hacia mi rostro, quedaba justo encima de mis ojos, y vi el disco que traía en la cabeza, un círculo cromado como de caricatura de doctor. Revisó que no tuviera dolor y empezó a cortar las orillas de mis fosas nasales, sentí pero sin dolor. No me dio nervios, me dio emoción.
Toda la carne de mi nariz se reflejaba en su disco plateado, así que abrí los ojos y le pregunté qué hacía en cada paso. Yo había visto grey’s anatomy y había decidido ser médica. Abrió la piel de mi nariz hacia arriba y la detuvo con un palito de metal si cerraba un ojo podía ver el palito, pero no mi falta de nariz. Qué bueno, pensé.
Muchos años recordé y platiqué cada paso de lo que hizo en la operación, pero hoy solo recuerdo momentos sin orden. Recuerdo que llamó a un colega, me observaron con la piel de la nariz levantada y el palito sosteniendo un pedazo y se hacían preguntas entre sí. Me preguntaron si podían tomarme una foto, dije que sí.
Mi nariz vieja tenía un cartílago débil, que se hundía cuando lo tocaba y que hacía que fuera divertido para mis amigas tocarme la nariz y sentir cómo se hundía. Eso y mi dedo pulgar que parece degollado eran las principales atracciones que ofrecía mi cuerpo. No tienes suficiente cartílago, tengo que quitar de la oreja. Y entonces abrió un corte en mi oreja derecha por la parte de atrás y recorto algo como un hexágono. Creo que si los médicos hicieran collage serían espantosos. Dejo mi cartílago en una charola cromada y empezó a cortarlo en trocitos pequeñitos. Tengo que romper tu nariz, me dijo, vas a sentir raro, pero no te va a doler, no te asustes. Tomó un cincel y un martillo y golpeó el hueso en mi cara. El ruido que se escuchaba era como masticar tierra y piedras debajo del agua. Luego tomó mis huesos rotos y los reacomodo más arriba. Así fue que me hizo el puente de la nariz que sostiene mis lentes ahora. Imagino que mi nariz quedó chiquita porque la jaló y acomodó hacia arriba. Cuando la toco en el costado derecho a la altura del lagrimal se siente una bolita como de aire, creo que se volvió parte de mi nueva nariz. Después acomodó los trocitos del cartílago de mi oreja en la punta de la nariz y les fue dando forma. Conté 5 pedazos, pero no estoy segura.
Al final coció todo, cerró mi nariz mutante, y salí de la operación convencida de que pronto sería irresistible y médica.
Después de unas horas me inflamé como una ostra, y como un delfín, mis lagrimales se inflamaron tanto que se me acumulaban lagañas que me picaban los ojos. No podía respirar bien. Me salía un líquido apestoso de una fosa nasal, y tenía que dormir casi sentada. Cuando me veía al espejo lloraba. La primera vez me vio mi abuelo y se preocupó porque pensó que me dolía. No me duele, le dije, pero me doy miedo en el espejo. Se enojó mucho, me dijo que no quería verme llorando por tonterías, llore cuando me muera, dijo. Pero a mí se me llenaban los ojos de lágrimas cada vez que me veía al espejo, o cuando mis primos me veían con miedo o asombro. Una prima bebe lloró al verme, soy un monstruo, le dije a mi abuela.
Poco a poco me desinflamé y cuando entré a la prepa en lugar de pensar que era hermosa, las personas se imaginaban novelas de cómo me había hecho tantos moretones, al menos eso creo. Quizás sólo no les importaba. Mi mejor amiga me confesó que creyó que me había peleado a golpes con alguien, le pareció genial y por eso empezó a hablarme.
Pase el bachillerato imaginando que tenía conversaciones con los chicos que me gustaban, como no tenía valor de acercarme, les ponía nombres e inventaba historias con mis amigas. Pensé entonces que quizás la rinoplastia no había sido suficiente, siempre había tenido problemas con mi cuerpo, sentía que era demasiado ancho, demasiado pesado, denso. Los cuerpos que van con caras bonitas son esbeltos, delgados, largos, el mío no era así. A nadie le gustan las gordas, pensé.
Entonces imaginaba que una vez delgada, ahora sí, con mi nariz chiquita seria bonita. No guapa o atractiva, sino bonita, como de película de princesas. Me gustaba vestir de gris, de negro, y mi mamá se molestaba. “Esa ropa te aprieta” decía, refiriéndose a cómo contrastaba el color de la ropa con mi piel, haciéndome ver “apagada” o “ceniza”. Ese color de uñas no te favorece, ese color de labial no le favorece a tu piel, me decía. Vístete de colores claros. Entonces pensé que una vez delgada, con mi nariz chiquita y vestida con colores claros y las uñas que me favorecieran, sería (al fin) una belleza.
Así, avanzó mi carrera por modelar mi cuerpo, mi cara, mi obsesión por pensar cómo me veo desde fuera de mí.
No recuerdo exactamente cuándo empecé a saber que era gorda, y que mi siguiente objetivo en la vida era bajar de peso. Creo que lo primero fue ir al nutriólogo y seguir una dieta cuando seguro tenía menos de 11 años, o cuando mi mama empezó a darme de sus malteadas slimfast, que me encantaban.
Cuando era niña entré a la clase de jazzercise, que era de baile, y en la que al final del año propusimos una presentación en donde nos pondrían trajes iguales a todas. Se mandaron hacer unos trajes a la britney spears, eran los 2000s, de pantalón acampanado y blusa ombliguera de color azul metálico, con lentejuelas circulares azules que me encantaba. En uno de los ensayos descubrí que los niños se asomaban por las ventanas para ver cómo bailábamos y creí ver que me señalaban, decían mi nombre y se burlaban. Debajo de la ombliguera se veía mi panza, redonda. No recuerdo si entonces decidí subirme al escenario o si la deje ahí por la paz.
Después empecé a hacer dietas por mi cuenta. En específico en cuarto de primaria empecé a hacer la dieta de special k solo que en lugar de ese cereal elegí allbran. Me auto impuse desayunar fresas con allbran, tomar 2 litros de agua al día, dejar los dulces, botanas, refrescos y hacer ejercicio todos los días. Tenía mi grabadora y reproductora de cds que me había regalado mi abuelo, y mis discos de popurrís de freska que me había regalado mi tía Ale. Entonces me ponía uno tras otro, brincaba, hacía abdominales, me ponía un palo de escoba por la espalda y giraba hacia un lado y hacia el otro, subía y bajaba todas las escaleras unas 5 veces, y bailaba caballo dorado, unas 3 veces.
Después de semanas de trabajo mi abuelo Raúl me felicitó, mira lo flojo que te queda el jumper de tu uniforme, antes te apretaba. Después empecé a saltar la cuerda, todos los días, llegué a lograr 500 saltos seguidos sin parar y eso era un logro increíble para mí que no podía ni brincar bien 2 seguidos al principio. Entre las clases de natación, entrenaba 4 días a la semana basquetbol, después fútbol, hice la dieta de la manzana, la de las quesadillas y licuados de papaya y la de la desintoxicación. Nada era suficiente, no llegué jamás a ese reflejo de cuerpo delgado, nariz chiquita, que dijeran “ay que bonita”.
Me parece interesante cómo la nariz nueva limitaba mi modelado del cuerpo, y el del cuerpo permanecía en constante peligro de interferir con la perfección de la nariz operada. Una cosa no encajaba con la otra.
Alguna vez me dijeron que pienso cuando me muevo, kinestésica, le llaman. Desde ese momento soy consciente de cómo mi cabeza conecta, articula, ramifica mientras pedaleo o corro por la calle. Creo que siempre me he pensado como un proceso sin terminar. Tengo 29 y aun siento que debo modelar mi cara, mi cuerpo. ¿Será que pensar cuando me muevo tiene que ver con eso? Con lo que estoy construyendo, me entiendo proceso, y entonces es más fácil articular pensamientos. No sé, por ejemplo, como me empezó a gustar correr, si en un principio me dolía, sufría, no podía correr ni 5 minutos seguidos. Ahora no concibo mi vida sin moverme. Hasta me digo a mi misma que disfruto del ejercicio, ¿será que es cierto, o es una mentira que llevo tantos años diciéndome que ya parece una verdad? El ejercicio siempre fue para modelarme, una forma de transformación, que pesa que duele.
A mediados de la universidad tuve una relación terrible, y recuerdo que a veces llegaba de la escuela a ponerme tenis y salir a correr alrededor de la milpa. Arturo, mi primo, me llevaba a cuemanco a que corriéramos juntos, y después empezamos a ir al gimnasio, en donde yo solo iba a la caminadora, a correr. Entonces algo que odiaba se volvió uno de mis momentos favoritos del día. A partir de ahí empecé a hacerlo sola, me encantaba ponerme mis audífonos y tenis y sentir que desaparecía y solo quedaba esa sensación de ser indestructible.

EXPOSICIÓN COLECTIVA EN EL MUSEO DE LOS PINTORES OAXACQUEÑOS (MUPO)
SUCESIONES
En alguna exposición escuché una conversación entre dos curadores en la que uno de ellos decía: “Mira, como puedes darte cuenta, las obras siempre tienden al quehacer del hogar, o a lo femenino. ¡Claro que quien expone es una mujer! La frase resume el lugar de la mujer en el arte. Y es que, a diferencia de nuestros pares, lo femenino pareciera tener una definición concreta, monolítica. Por el contrario, jamás he escuchado -cosa rara- que las piezas de cierto artista redefinan el quehacer masculino; ellos son, ante todo, individuos. Mientras, nosotras debemos, antes de cualquier identidad, sujetarnos al género y sus roles. Si bien es cierto que la experiencia como mujeres nos cohesiona a partir de las violencias específicas que nos agreden, también es cierto que no por esto nuestros intereses, obras y expresiones estéticas serán idénticas: somos ante todo individuas.
Con el mundo natural ocurre algo similar; pareciera que todo aquello que se halla fuera del ser humano, que la ciencia y sus observaciones han pasado siglos estudiando, definiendo y catalogando es la Naturaleza. Sin embargo, a nadie se le ocurriría decir que la conífera y la tundra son iguales, aunque ambas sean naturalezas; cada ecosistema tiene su propia flora y fauna, sus ciclos, tiempos, catástrofes y sucesiones. Esta ultima idea, la de sucesión – entendida como el proceso evolutivo y natural que atraviesan los ecosistemas para constituirse con cada uno de los organismos o elementos que lo integran – es la que cohesiona esa cadena de sucesiones en la que se construyen a sí mismas y su trabajo. Algunas de las piezas se muestran inconclusas; otras, hacen visible el camino que han recorrido desde la idea inicial hasta su transformación; de otras solo vemos el final del viaje. Las artistas nos han abierto las puertas de su taller, casa o estudio, para recordarnos que, así como los ecosistemas encuentran su equilibrio y belleza en la diversidad y pluralidad de sus elementos, nuestras comunidades creativas asi como nuestros procesos individuales también se nutren de la multiplicidad.
Texto de sala escrito por Emilia Chulía.











































































































